MAILÍN: UN PUEBLO QUE VIVE PARA LA FIESTA DEL SEÑOR DE LOS MILAGROS

25.04.2016 17:57

Unos 1.400 pobladores se preparan todo el año para recibir un aluvión de 300.000 peregrinos, y cuando todo termina, el silencio vuelve a envolverlos. 

Amanecer santiagueño en Mailín. Viento helado y sol que enciende una por una las calles del pueblo. La guaracha ya se escucha lejana y le deja paso al Angelus. El murmullo de los que rezan y hacen cola para tomar gracia de la imagen del Señor de los Milagros no ha parado en toda la noche. El Cristo pintado sobre la madera está en la cima del templete, desde donde domina el caserío. No hay construcción más alta. Es casi como la parroquia, que está al frente. Los peregrinos llegan a toda hora, lentos de dolor, buscando arrojarse al pie de la Cruz del Señor de Mailín. 

El pueblo tiene penas 1.400 habitantes (contando a los niños) pero por estos días se convierte en un santuario a cielo abierto, con más de 300.000 personas de todo el país y el extranjero, según calcula el diario El Liberal de Santiago del Estero. Son más de la mitad de los fieles que lleva el Señor del Milagro, en Salta, con 500.000 devotos, pero en un territorio infinitamente menor, de sólo 62 hectáreas. Ese es otro de los milagros que ocurren en estas tierras sedientas de todo, donde nada se comprende sin los ojos de la fe. 



Los habitantes de Mailín se preparan durante todo el año para esta celebración, que se realiza 40 días después de la Pascua. Es su único ingreso fuerte, porque el resto del año trabajan en el carbón o emigran a las cosechas en otras provincias. Para la fiesta, alquilan sus veredas, sus habitaciones, sus baños y hasta su propia cama. Las viviendas -muchas, todavía, de adobe o ladrillo y asentadas en barro- se llenan de turistas. Los fondos están repletos de carpas, colectivos y autos. 

Poco a poco, el pueblo va desapareciendo detrás de precarios locales, pegados uno al lado del otro, hasta convertirse en una inmensa feria, con calles convertidas en pasillos. Allí humean cabritos, chanchos, quirquinchos y mulitas y se venden desde productos regionales y dulces de toda clase hasta celulares. Los altos y oscuros senegaleses y nigerianos compiten con su bijouterie con los corrales atestados de chivitos asustados, a la espera de su trágico final. 

"¡Venga, juegue gratis y llévese un premio!", anuncia una tonada santiagueña, mientras en la mesa de lotería aguardan incautos jugadores, con sus montículos de maíces al lado de cada cartón. La guaracha tapa al chamamé, y este a una cumbia villera. Pero a medida que nos acercamos a la iglesia los cantos se vuelven celestiales. 

El hallazgo 
Una cruz llama desde el hueco de un árbol 

Cuenta la tradición que el anciano Juan Serrano, cansado de ver una luz que brillaba dentro del hueco de un gran algarrobo, decidió ir a ver qué era eso. Junto a un par de vecinos armados con palos se acercaron al lugar y encontraron una Cruz de madera con un Cristo pintado. Los dueños de la tierra donaron el terreno para la veneración. Enterado, el obispo de Tucumán, al que pertenecía la iglesia en ese momento, quiso traer a Tucumán la Cruz con toda la limosna, pero los santiagueños se negaron con uñas y dientes hasta conseguir que el Señor se quedara en Mailín. Los milagros se multiplicaron 

El nombre del lugar 
Los indios mailihuampis 

De dónde proviene el nombre Mailín, no se sabe a ciencia cierta. Sólo se tiene conocimiento de que se trata de una voz quichua y que los naturales del lugar llamaban Mayllin al estanque o manantial existente en la zona del río viejo. Allí vivían los indios yucumampas y mailihuampis, que rendían culto a la Maylinpalla, llamada también "bruja de los bañados". Explica Cacho Sosa, dueño de la santaría de la iglesia, que Maylinpalla era una divinidad que ayudaba a los indígenas en su vida cotidiana. Su culto desapareció por completo tras la evangelización.

(Por Magena Valentié)

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